Al sol, qué no le debemos sino la vida de las plantas, la fotosíntesis, el crecimiento de los árboles, la luz naciente y templada de un amanecer, el arco iris, los eclipses, la madrugada, el año bisiesto y el calendario mundial. Lo adoramos sin nombrarlo, le debemos la vida en la tierra, la formación de las nubes, la evaporación del agua, los molinos. Los días en una playa, en la arena, las lecturas descalzo en una reposera le debemos. Lo que no sabemos de él, nos importa poco salvo la narrativa científica e historizante que apuñala al sol con una edad millonaria, eras postgravitacionales, campos magnéticos, hidrógeno, helio, nubes moleculares, explosiones energéticas del tamaño de la luna y que lo convierte en una esfera de gas y radiación electromagnética de un sistema planetario con nombre y apellido y partida de nacimiento sin carta astral. Le debemos también la sombra, los techos, el protector solar, los sombreros, los abanicos, los ventiladores, los invernaderos, la formación del globo ocular. También la teoría copernicana, el tren, la revolución industrial, el combustible fósil, todo extractivismo que opera a costa de que el sol estuvo allí millones de años fotosinteseando las cosas, formando mil mesetas subterráneas y futuros monstruos mitológicos encriptados en sedimentos geológicos. También le debemos la guerra, la política, la sangre, los dioses.